Me gustaba pensar que un día te miraría con el furor de poder desvanecerte. A veces caminábamos pusilánimes y pueriles sobre el adoquín de colores rosados, como las estúpidas rosas de abril que se cristalizan en un desliz absurdo por el aire delicado. Cuando muero, me gusta hacerlo con los ojos bien abiertos, de esta manera me aseguro de escrutar cada detalle del falaz ambiente que me rodea, voces, risas, un Dios imperfecto que me acecha con dos ventanas coronadas de adulterada sobriedad, y aquel monumento idiota con rizos señoriales que me persigue encadenado desde chico. Me gusta morir mientras los latidos de mi corazón disminuyen prestamente, justo en ese momento en el que el sudor frío empapa mi nunca, cuando el calor nubla mi vista con un destello de temor que obstaculiza mi sentidos con fragosidad inerte. Paradójicamente, erróneamente, le temo. Le temo al exilio de mi propia consciencia, le temo inevitablemente a...
El mundo a través de tu pantalla.