"Pero así como el destino escribe y borra a su antojo, algunas veces un funesto error nos podrá otorgar un efecto colateral."
Eduardo Domaldo lo tenía todo. O
eso pensaba él. Un pent-house del edificio más moderno de la ciudad, un Ferrari “458 Spider”, un reloj “Rolex
Submariner”, incluso un avión privado “Gulfstream V”, sus trajes eran “Giorgio
Armani”. Su vida era perfecta para los ojos del mundo; y a él le encantaba
sentirse alabado por todos sus logros, al final de cuentas, Eduardo había trabajado incansablemente para adquirir todo lo que tenía, merecía el respeto y admiración de sus conocidos. Conseguir a la mujer que deseara era
fácil, pues con sólo tronar los dedos hacía aparecer frente a ellas el más
vistoso de los diamantes de Tiffany’. "Ninguna mujer
se resistiría a una piedra de estas”.- aseguraba Eduardo. Todas eran arpías para
él.
Al final del día, agotado, se
acostaba en su colchón de agua con sabanas de seda y se daba cuenta de lo solo
que estaba, no había nadie que lo esperara despierto, no había un viejo amigo
al cuál llamar, no había un padre preocupado que viviera en otra ciudad, ni
siquiera un perro que ladrará de felicidad. Pero Eduardo, arrogante y engreído,
tendría una debilidad (de la cual aún no sabía nada, sus caminos estaban por
converger). Su kriptonita, por decirlo de algún modo, tenía un nombre: Mía
Pablov.
Mía Pablov era una chica alegre,
soñadora y obstinada. A ella le gustaba ver el alma de las personas, su
esencia, los 21 gramos que conformaban el cuerpo de alguien y eran invisibles a
simple vista. Su departamento, ubicado en un barrio “de artistas” (como ella lo
llamaba) tenía una pequeña jardinera en la ventana del este en donde cada
primavera florecían unos espectaculares narcisos amarillos. Su bicicleta tenía
una pequeña canastita en la que cargaba una mochila en la cual se encontraba un
viejo cuaderno con apuntes sin sentido, un antiguo caleidoscopio, y una
arrugada fotografía de un hombre con una niña; no tenía un reloj, ni un avión
privado, su clóset revelaba un frenético vórtice de colores, algo de aquí y de
allá, nada muy especial. Y tenía un gato con una muy particular personalidad,
su nombre era “Senador”.
Eduardo y Mía se conocieron por
algún día de marzo, ella estaba sentada en una banca en algún parque de la
ciudad, no había ninguna posibilidad de que sus caminos se cruzarán, fue un efecto
colateral; el iba más borracho que una cuba, tomando atajos para llegar a su
edificio sin ser detectado por la policía. Se estrello en un árbol a pocos
metros de donde se encontraba ella.
Mía estaba segura de que debía
tocar su mano, hacerle sentir a su alma que había alguien esperando, y así fue
como Eduardo encontró su ancla en la Tierra. Cuando estaba inconsciente en el
hospital, ingresando a la sala de urgencias en ese estupor que lo succionaba en
un hoyo de negrura en el cuál parecía mucho más fácil quedarse, recordó la
dulce voz de una chica que le decía “quédate conmigo” y fueron esas dos
palabras las que lo obligaron a hacerlo, nadie nunca le había pedido un
compromiso de semejante magnitud.
Cuando despertó, 24 horas después
del incidente, la enfermera le pregunto si quería ver a su novia: estaba
durmiendo en el sillón de afuera. Eduardo jamás había tenido novia, el sólo
tenía “amigas” (que resultaban ser algo más que eso por una noche o dos, quizás
hasta que se aburriera o alguien más despertara su interés) así que esa palabra
hizo que se sintiera incómodo, pero necesitaba verla y saber quién era la chica
que lo había salvado.
Su vida se sentía vacía desde que
tenía memoria, quizás todo comenzó cuando tenía 8 años y su madre murió de
esclerosis, su padre pensó que lo mejor era enviarlo lejos, al mejor internado
del extranjero, poner un límite fronterizo físico y muy tangible, un pensamiento de lógica muy pobre:"yo aquí y tu
allá, mientras no crucemos ese límite estaremos a salvo”, no soportaba mirarlo a
los ojos, pues solo podía ver el vivo retrato de su fallecida esposa. Y fue
justo ese acto de alejamiento lo que quebró a Eduardo en pedazos y no hubo forma de
repararlo. El daño ya estaba hecho.
Mía aun adormilada siguió a la
enfermara, habitación 1313, no era supersticiosa, pero toda la situación le daba pistas de contener un trasfondo de extraña jugarreta del destino. Efecto colateral, pero por supuesto ella no lo sabía.
Eduardo la miró y ella lo miró devuelta, vio el dolor y la negrura de su alma atormentada, un escalofrío le recorrió
la espina dorsal de arriba a abajo.
-21 gramos.- pensó en voz alta
-¿Perdona?- preguntó Eduardo
-Es lo que pesa el alma.- aclaró ella
“Debe ser una chiflada” pensó él.
Al principio ella se quedo
vacilante apoyada en el marco de la puerta y el no podía hacer más que
observarla detenidamente. Después de las formalidades platicaron lo que
parecían días, pero sólo habían transcurrido tres horas, y cuando Mía se
despedía y se disponía a salir de aquella habitación para ya no volver a ver
nunca más a ese extraño joven que le prometía comprarle collares y brazaletes
de diamantes, ocurrió lo inesperado.
Algo hizo click dentro de él, como si lo que hubiera estado descompuesto, un
engrane oculto a la vista, de pronto comenzará a funcionar así sin más.
Quédate conmigo- le dijo con determinación.
Y Mía entendió lo que había
ocasionado cuando le tomó la mano, en esa orden que le dio mientras la
ambulancia llegaba estaba implícita una promesa, “si te quedas, me quedaré contigo”, ahora debía cumplirla. Llamó a su vecina para que alimentara a
Senador y regara la vieja jardinera en la que aún no había brío alguno de
narcisos, le preocupaba saber que la primavera casi llegaba a su fin y ni uno
solo había crecido.
3 días estuvo Eduardo internado y
cada vez que escuchaba la voz de Mía contándole alguna loca historia de cómo la
humanidad no estaba totalmente perdida sabía que se enamoraba más de ella, aunque lo negará o se inventara excusas. ¿Cómo se supone que se siente el amor? pensaba
cada vez que sentía esa sensación de cosquilleo por todo el cuerpo, “debe ser
el antibiótico” se decía una y otra vez.
Mía solo quería regresar a casa, saber de
Senador y sus narcisos, sentarse en su viejo sofá a mirar películas de
misterio.
Tras los 3 días lo dieron de
alta, y aunque no se sentía totalmente recuperado, le preocupaba aun más que se
le escapara entre los dedos la Srita. Pablov, sabía (por sus pláticas hasta
altas horas de la madrugada entre susurros y risas silenciosas para no molestar
a los demás pacientes) que ella detestaba todo ese estúpido e insensible
materialismo, ¿Qué debería regalarle si no le gustan los diamantes? Se
preguntaba en silencio.
Mía se sintió aliviada cuando el
doctor dijo que se podían marchar a casa. Le aterraban los sentimientos que
comenzaban a crecer en lo más profundo del corazón cuando Eduardo luchaba contra los efectos de
los somníferos para saber un poco más de ella, cuando la hacía reír en voz baja
que casi dolían sus pulmones por tener que contenerse, cuando el dormía y ella
le observaba preguntándose qué era lo que le había causado tanto daño. Nadie
nunca había logrado traspasar el infranqueable muro que con tanto esfuerzo
había levantado.
Al igual que Eduardo Domaldo, Mía
Pablov sabía lo que era el abandono, su padre, aquel hombre de una vieja
fotografía que cargaba para todos lados, había muerto de un infarto cuando ella
solo tenía 12 años, nunca conoció a su madre, así que los siguientes años de su
vida los vivió en hogares de acogida. Y cuando cumplió 15, se juró a sí misma nunca más
permitir que un hombre la lastimara tanto como su padre lo había hecho al
dejarla sola e indefensa en el mundo.
Eduardo insistió en acompañarla
hasta la puerta de su departamento, a pesar del cansancio que lo acechaba y
amenazaba con atraparlo en un sueño de días. Pero no la dejaría desaparecer de
pronto, pensaba que quizás hubiera sido diferente si se hubiera
atrevido a expresar lo que sentía, pues sólo 3 día habían bastado para que se
enamorará. Ella había sido su estrella, lo había guiado por un camino del que parecía ya imposible salir ileso. Y así fue que le pidió una cita.
- Con una condición.- le pidió Mía
-¿Nada de diamantes?- bromeó el
- No.- dijo ella con seriedad.
-¿Cuál es entonces?
-Saldré contigo... sólo hasta que los narcisos de mi
ventana florezcan.-declaró ella.
Mía Pablov estaba segura de que
esta primavera esos narcisos jamás florecerían, ni siquiera un tallo se asomaba
entre la tierra negra.
Eduardo comprendió con tristeza de
inmediato que Mía no lo quería cerca, pero acepto el reto y aseguro volvería cada
noche para corroborar si algún narciso florecía.
Esa misma noche, 5 hermosos
narcisos amarillos florecieron en la vieja jardinera. Efectos colaterales,
escritos en el destino.
fotografía: especial
