Sarni. Vida 2
Parte 1
“Sin sacrificio
no hay victoria”
Me encontraba plácidamente
leyendo el capítulo 16 del libro de Cecilia, y algo no pintaba muy bien aquí,
era mi momento para prepararme y conocerla por primera vez, me resultaba
extraño la sensación de saber que la miraría a los ojos y no sólo leería y conocería
a través de su libro del destino.
Así una fría mañana
llegué a algún lugar de la Tierra, con unos hermanitos desnutridos y una madre
que murió alimentándonos, pero no podría dejar la Tierra por más que extrañara
el comfort de mi nube en Cúspide del Cielo, tenía una misión que no podía quedar
incompleta, Cecilia me necesitaba.
Sobreviví a un invierno
que a mí me pareció el más crudo de los pocos que he pasado aquí, y poco a poco aprendí
a conseguir comida, huir de las escobas y tinas de agua, sobretodo de las piedras
que me lanzaban con fuerza, de las patadas y gritos. A veces me preguntaba por qué era
que estas personas se comportaban de una forma tan huraña, los humanos ahora me
asustaban, lo había leído ya, y otras almas me habían contado espantosas
historias, pero yo no quería creer que pudiera existir tanta maldad, yo aun
confiaba en que la bondad era parte de su naturaleza, pero todos mis intentos
fallaron y con el tiempo me convertí en un ser miedoso que vivía en las sombras.
Hasta que una mañana lo
encontré, un hombre de unos 50 años, hurgando en la basura, juntando botellas
de plástico. Y como era costumbre me quedé petrificada sin mover un solo
musculo, me sentía muy débil para correr si me lanzaba algo, pues llevaba ya
tres días sin conseguir comida, y la verdad es que eso de morder y gruñir
simplemente era inconcebible para mí, yo era consciente que la maldad no se podría
combatir con maldad, por lo tanto sólo agachaba mi cabeza y seguía mi camino.
Pero ese día algo cambió, el me miró con sus demacrados y tristes ojos y lo supe, supe
que me necesitaba, así que lentamente y con la respiración cortada me acerqué,
el extendió sus dedos arrugados y temblorosos con un delicioso pedazo de pan que
tomé con cuidado y devoré sin pensarlo, me tomó en sus brazos y por primera vez
entendí la expresión: calor humano.
Don Mario se convirtió en
una parte esencial de esta vida en la Tierra, pues sin él hubiera decidido morir
en algún lugar oscuro y sucio sin poder llegar hasta Cecilia. Me partía el corazón
pensar en dejarlo, pues me necesitaba, vivía en una casita de lamina cerca de
un canal en la que los ladrones por la noche continuamente se llevaban su
botellas de plástico, yo debía vigilarlas con atención. No sé si fue fue destino o coincidencia, pero el lugar donde me encontraba estaba justo atrás de la colonia donde vivía Cecilia.
Don Mario siempre compartía
su ración de alimentos conmigo, incluso a veces, cuando conseguíamos más
botellas me compraba una deliciosa galleta de huesito. Me nombró de una forma
muy curiosa que, por supuesto, después comprendí: Sarni; yo tenía una
enfermedad llamada sarna, partes de mi cuerpo no tenían pelo y me provocaban comezón
y ardor, pero creí que eso era normal para la vida de todos los perros
callejeros en la Tierra.
Sabía que tendría que
dejar eventualmente a Don Mario por un tiempo, así que una noche comencé a usar
mi sentido del olfato y encontré la casa de Cecilia, se sentía la presencia de
la tristeza, sus papás acababan de separarse y toda la familia se encontraba en
un espiral de emociones contradictorias, su madre con sus luchas internas sobre
tomar una decisión, su hermanito descubriendo que papá ya no viviría mas con
ellos y Cecilia enterándose de una verdad que le partía el corazón, la razón por
la que papá y mamá no podían seguir juntos.
Así al amanecer puse mi
mejor pose y espere a que Cecilia saliera temprano a la escuela. Nunca olvidaré la forma en la que me recibió, se acerco lentamente y recordé la forma en la
que yo me acerqué a Don Mario una fría mañana hacia mes y medio, moví mi colita
en señal de que no le haría daño, me acaricio y con una tierna voz me dijo que
era muy bonito, que no me iba a lastimar, mire sus ojos cafés y ella miro los míos, sentí ganas de llorar, Cecilia me necesitaba
igual o tanto más que Don Mario y por primera vez me sentí en casa, segura de
que nadie me haría más daño y volví a creer en esta especie tan extraña y
diversa. Cecilia me ofreció un enorme plato de croquetas que
devoré con avidez y me pidió la esperara al regresar de la escuela, le sonreí y
observé cómo se alejaba en su automóvil.
Mi trabajo con Cecilia
apenas comenzaba, así que me recosté sobre unas cajas y desde que llegue a este
mundo acostumbrada a mi acolchonada nube en Cúspide del Cielo, dormí,
profundamente y sin temor.
