Tu calor y el mío, tántricamente correctos.
Así bien, cerca el uno del otro. Tántricamente correctos. Sentados frente a frente, tus
piernas sobre las mías, nuestros chakras alineados en el más simple ejemplo de unidad,
al ser vistos de espalda: tras la tuya, yo desaparezco y pareces estar sola,
tan sola y tan completa; tras la mía, parezco estar solo, tan solo y completamente
atemporal, estático.
Tu calor con el mío comienzan a mezclarse, desplazando
rápidamente el aire frío que nos separa; una tormenta es creada entre nuestros
calores y el frío del abismo, huracanes lo desplazan, el terremoto nos acerca.
Tus manos y las mías se sorprenden con lo torpes e inútiles que resultan para
el momento, avergonzadas, ambas buscan descansar en las piernas que las
sostienen como madre protectora, cuando su pequeño de tan sólo dos años corre aterrado a
sus brazos que le dicen que todo estará bien. Tu boca, entreabierta respira
lentamente en armonía con el aire que sostengo, en equilibrio con el aire que
libero.
Te miro a los ojos con gran velocidad, sostengo el momento en fracción de
segundos a la izquierda y luego cambio a la derecha, hago cada vistazo eterno y
la velocidad con la que alterno es tan grande que pensaría que en ambos lados
veo la misma mirada que me sostiene, de no ser por ese lunar que pinta
sutilmente a tu derecha, cercano a tu pupila. Te miro… ¡Y por un momento me absorbes!
El color de tus ojos me succiona y te siento, te siento y me veo y comprendo lo
que llamamos amor y me doy cuenta lo superficial e inútil que lo he etiquetado.
Y así permanecemos
eternos, sin hambre, sin sed, sin tiempo. Tu sístole coincide con mi diástole, y
le damos continuidad a nuestras existencias que ahora juntos, se simplifican.
La sincronía de nuestros latidos se convierte en pistones y caemos en la
duplicidad suspendidos en el espacio, pero en moción en nuestro espacio.
De pronto,
sin previo aviso te despides y me doy cuenta que he estado cayendo en bunggie,
justo en este momento en que me siento parte de ti, me doy cuenta que he
llegado al punto más lejano y la cuerda no podría estar más tensa, debo
regresar. Lo entiendo, no lo quiero, pero lo entiendo y me despido con una
mirada y una promesa de retorno mientras salgo del nirvana para regresar.
La paz
perturbada cual sueño profundo es amenazada por un balde de agua helada: el teléfono
suena.
Ahora me
pregunto ¿Quién eres? No conozco el rostro que recuerdo. La sensación y la paz,
son también indescriptibles. También me pregunto ¿A quién putas se le ocurre
llamar a las 5:45 am? Me arrebatan el sueño más profundo y significativo. Me
arrancan la ilusión de un amor sobrenatural. Ni hablar, supongo que todo
momento de epifanía solo viene a revelarse, a darme una pista, a lanzarme de
nuevo esta vez sin cuerda, sin garantía, sin comodidad, sólo aventura. Creo que
es momento de… lo olvidaba, el teléfono.
